Spencer

Spencer
★★★★★

Resulta cuanto menos chocante que aunque el chileno Pablo Larraín reconoce que se decidió a dirigir un filme en torno a la figura de Diana de Gales para contentar a su madre lo haya hecho bajo la apariencia de un cuento de terror gótico (muy real). Este soberbio ejercicio de estilo sólo hace que certificar su talento y si de algo su madre puede sentirse orgullosa —más allá de las cualidades artísticas de su vástago— es del indisimulado homenaje que Larraín hace tanto a la suya como a todas las madres. Sorprende, por inesperado, que este convulso retrato figurado de las 72 horas que certificaron el fin de la relación de Lady Di con el príncipe Carlos sea una oda a la maternidad, pero en último término lo es. Qué otra muestra de amor, entrega y pasión desmedida puede ser capaz de arrancar de las caducas garras del monstruo de la monarquía a la desnortada Diana Spencer que encarna con absoluta maestría Kristen Stewart y salir indemne del órdago. Spencer no es una biopic, ni un vehículo para el lucimiento actoral de la intérprete californiana. Tampoco es un capricho en manos de un realizador con probadas dotes para abordar y subvertir los géneros; sin embargo, esta película en cierto modo también es todo lo anterior. A su manera.

Travellings que se alternan con nerviosas cámaras en mano, primerísimos primeros planos, encuadres imposibles, ampulosos planos generales… todo ello le sirve a Larraín para que los espectadores compartamos angustia y soledad enfundados en carísimos vestidos de Chanel. Para que nos sintamos arrinconados, espiados, utilizados. En definitiva, maltratados. Una sibilina y aceptada forma de perversión social encaminada a perpetuar un modo de vida privilegiado, anclado en tradiciones absurdas y destinado a despersonalizar a todas aquellas personas que osen cuestionarlo. Por eso son tan importantes las metáforas en esta historia. Así como el uso de los nombres propios en unos casos. O la propia ausencia de ellos, en otros. Personajes que encarnan sentimientos antagónicos. Antagonistas que libran encarnizadas batallas verbales para tratar de imponerse a su adversario. Tensión soterrada, violencia implícita. Y todo ello orquestado con la habitual clase y elegancia gracias a la colorista fotografía de Claire Mathon (colaboradora habitual de Céline Sciamma) y al majestuoso score que, a ritmo de jazz, compone Jonny Greenwood.

Pero nada de lo apuntado es posible sin un acerado guion — brillante Steven Knight (Locke, Promesas del este)— que cuestiona la regia institución y alienta la teoría conspiranoica más extendida. O sin un puñado de actores mayúsculos capaces de elevar a sus personajes por encima de la anécdota argumental. Tal es el caso de Sean Harris (Darren), Timothy Spall (Mayor Gregory) y, sobre todo, Sally Hawkins (Maggie), con una episódica pero determinante composición que insufla a la historia toda el alma del que carece la Casa de Windsor. Por el camino veremos pasar a jóvenes bailarinas que querían ser princesas, faisanes con fecha de caducidad, cisnes en mitad de la niebla matutina y confesores con forma de espantapájaros. También habrá presencias fantasmagóricas y suelos que se quiebran bajo nuestros pies. Justo antes de saltar para no mirar atrás de nuevo, respirar la brisa del mar y que nos despeinen las olas y se nos relaje —por fin— el gesto ante una improvisada barra de ballet frente al Támesis.

Puntuación: 5 de 5.

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