Black Panther: Wakanda Forever

★★★☆☆

Un poderoso retrato del dolor y el duelo deslucido por la necesidad de encajar en las películas de superhéroes. Wakanda Forever es una buena película y podríamos llegar a decir que vuelve a ser magistral —por momentos— si nos olvidásemos de su última media hora. Esa es la parte del metraje en la que más flojea y lo hace, precisamente, por la obligación de seguir ligada a un universo marvelita del que, como constantemente se nos recuerda desde su guion, tiene mucho más que desconfiar que sentirse agradecida. Porque las películas de Ryan Coogler son, digámoslo abiertamente, el vibranium que toda superpotencia estaría encantada de expoliar y que nosotros como espectadores debemos preservar a toda costa. Alejada de la majestuosidad y el ritmo narrativo de su magnífica predecesora, la secuela de Black Panther se presenta de manera inequívoca desde su arranque como un sentido homenaje a la memoria de Chadwick Boseman y como tal funciona a la perfección. Algo que resulta muy de agradecer dentro de un calendario plagado de estrenos insustanciales, en una franquicia que tras el final de Los vengadores va dando tumbos de la pequeña a la gran pantalla. Wakanda Forever está marcada de manera inevitable (dentro y fuera de la pantalla) por la muerte de su protagonista y como tal es una valiente representación de cómo gestionar la pérdida y manejar el duelo desde diferentes perspectivas sin olvidar los asuntos políticos y sociales que convierten a esta saga en una rara avis dentro del MCU.

En realidad, como espectadores resulta mucho más interesante toda la historia sobre el colonialismo y la gestión emocional del dolor y la superación de la pérdida que las tramas calcadas unas a otras y repletas de efectos especiales de las películas de superhéroes. Esta secuela, además de servir para presentar a algunos nuevos personajes sobre los que se cimentará el futuro del universo marvelita (si la taquilla así lo quiere) en los años venideros, ejerce de recordatorio identitario de los pueblos. Nos habla de la cultura mesoamericana, de duelo, de sororidad… y todo ello resulta mucho más interesante que los fuegos de artificio, los trajes rutilantes y los vacíos efectos especiales. Es sorprendente lo bien que encaja Ryan Coogler (director y guionista) la amplia nómina de personajes presentes en esta cinta dentro de la trama poliédrica en la hasta tiene cabida la reivindicación sanitaria y climática. También lo es su capacidad como improvisador de argumentos pertinentes en este momento histórico. La transformación de Namor (magnético, Ténoch Huerta) de los tebeos originales a esta historia es un hallazgo, como lo es toda la crítica sociopolítica que le rodea.

Quizá sea redundante en exceso el paralelismo buscado entre Talokán y Wakanda, pero todo parece más cuestión de peajes con la filial de Disney que otra cosa. Como también lo parece la inclusión en esta cinta de personajes como el de Riri Williams (Dominique Thorne) y Allegra de la Fontaine (Julia Louis-Dreyfus), aunque el resultado final no se resiente. Quizá sí le sobren 20 minutos a una película (de 161 minutos) que es capaz de contar muchas cosas y hacerlo de forma muy aceptable la mayor parte del tiempo. También le sobra música. Sobre todo aquella que se utiliza para remarcar localizaciones (tremendamente simbólica la elección de Haití) o cambios de ubicación de los personajes como si se tratase de píldoras sonoras. Nada que objetar una vez más al score de Ludwig Göransson, pero esta sobre abundancia de clips musicales termina por causar un efecto contrario al pretendido. En la estética videoclipera se forjó el talento de la directora de fotografía Autumn Durald Arkapaw, cuyo trabajo aquí es soberbio. Hay varios planos y secuencias que son sencillamente inolvidables gracias al trabajo conjunto de Durald y Coogler.

Como decíamos al principio, la película está obviamente condicionada por la muerte (real) de su protagonista y todo orbita alrededor de dicha pérdida. El mérito de Coogler y su reparto femenino consiste en convertir esa ausencia en presencia. Transmitir ese impulso invisible, esa fuerza incontestable a través de imágenes que provocan emociones no está al alcance de cualquiera. La suerte de Coogler en este caso es la de contar con un reparto capaz de realizar ese viaje sin imposturas. Las interpretaciones de Angela Bassett (Ramonda) y Lupita Nyong’o (Nakia) son impecables. Letitia Wright (Shuri) tiene la complicada tarea de ejemplificar el viaje del (anti)héroe en una suerte de viacrucis interior que por momentos le supera. Una última recomendación: no abandonen la sala hasta el final de los títulos de crédito. Lo agardecerán.

Puntuación: 3 de 5.

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